¿Por qué los hijos e hijas también sufren violencia de género?

¿Por qué los hijos e hijas también sufren violencia de género?

En tan solo una semana, dos mujeres han sido asesinadas a manos de sus exparejas dejando a cuatro menores entre 4 y 10 años sin madres, siendo 32 el total de “huérfanos” por violencia de género en 2019 y miles los que la experimentan en sus hogares.

Según la última macroencuesta, del total de mujeres que han sufrido o sufren violencia física, sexual o miedo de sus parejas o exparejas, el 63.6% afirma que sus hijos e hijas presenciaron o escucharon alguna de las situaciones de violencia, y un 64.2% de estas mujeres afirma que sus hijas e hijos menores sufrieron a su vez violencia de los agresores (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, 2015). Sin embargo, han sido olvidadas y olvidados, en parte por la creencia de que un padre que maltrata a su mujer no tiene por qué ser mal padre si no maltrata a sus hijos e hijas. Incluso las propias familias que viven la problemática piensan que, si los niños/as no reciben las agresiones de forma directa o, si las discusiones entre ellos suceden en otra habitación donde no están presentes, no son conscientes de lo que está pasando. No obstante, algunos estudios estiman que entre el 80-90% de las niñas y niños de estas familias relatan ser conscientes de la violencia (Barea, 2004). Dicho de otro modo, son plenamente conscientes del daño que ejerce su padre contra su madre (figura de referencia), de su deterioro físico y emocional, de su vivir en alerta, con miedo, de su vivir pensando en todo lo que supuestamente puede hacer para no enfadar a su pareja, y un largo etcétera de situaciones tensas que son experimentadas por los y las menores. Además, vivir en una casa donde la madre es víctima de esta violencia, significa estar expuesto a situaciones continuas de opresión y control y, asumir relaciones de poder desiguales entre figuras referentes en el crecimiento de los hijos e hijas, en este caso, abuso de poder y desigualdad sobre la madre (Save the Children, 2011). En estas situaciones, los y las menores pueden crecer creyendo que la violencia es una pauta de relación normal en la pareja, internalizando así roles de género tradicionales (el hombre es quien manda y la mujer quien cuida).

¿Cómo afecta esta violencia en los diferentes ámbitos de los y las menores?

Durante la convivencia con la madre y el padre agresor, las y los menores pueden llegar a asumir roles que no les pertenecen a su edad. Intentarán abarcar los problemas de pareja que están presenciando, tratando de ser mediadores entre ellos, tranquilizando e intentado disuadir al agresor o protegiendo y consolando a la madre. Se verán envueltos en una ambivalencia emocional constante.

A nivel conductual, los y las menores pueden desarrollar conductas agresivas hacia su entorno, familiares y amistades, pueden presentar cierta dificultad para enfrentarse a situaciones conflictivas y reaccionar de forma violenta a ellas, es decir, adoptan un papel parecido al del maltratador, a través del aprendizaje de modelos. Estos niños y niñas presentan entre dos y cuatro veces más probabilidades de mostrar problemas de conducta que el resto (Cummings y Davies, 1994; Martínez-Torteya et al., 2009). No obstante, al igual que interiorizan el papel agresivo del maltratador, también pueden aprender esa indefensión por parte de la madre y pasar a convertirse en futuras víctimas de violencia machista.

En cuanto al ajuste social de los hijos e hijas, pueden verse rodeados de un aislamiento debido a la vergüenza que les provoca la situación, por lo tanto, deciden cortar el contacto con el resto de las personas. También pueden presentar miedo a que otras personas les hagan daño. Incluso, aquellos y aquellas que adoptan roles de mediadores/as o de protectoras/es, pueden generalizarlo y extenderlo al cuidado y control de otras personas, aliviando de alguna forma la culpabilidad que siente al no poder ayudar a la madre (Lizana Zamudio, 2014).

A nivel emocional, son múltiples las dificultades que pueden presentar durante su desarrollo. Desde ansiedad y estrés, debidos a la situación complicada que están viviendo, hasta síntomas asociados a la depresión. Esto se puede manifestar con sensaciones de tristeza, pérdida de interés por actividades de la vida diaria o que antes le gustaban, algunos incluso, pueden desarrollar ideas suicidas. Todo esto está vinculado a problemas de autoestima y culpa. Desde pequeños y pequeñas pueden sentirse inútiles, malas personas por no poder ayudar a su madre, y culpables por pensar que pueden ser los causantes de la situación. Incluso pueden experimentar situaciones de estrés postraumático (Evans et al. 2008; Graham-Bermann y Levendosky, 1998; Klpatrick y Williams, 1998) reexperimentando situaciones de agresiones pasadas, pesadillas que se pueden activar al estar con personas o en lugares afines al agresor, y presentando un nivel de alerta muy elevado (hipervigilancia) a cualquier estímulo que no tienen por qué ser amenazantes (ruido, situación, personas, etc.).

Por último, a nivel físico, pueden sufrir alteraciones neurológicas debidas a estados como el de hipervigilancia, causando una sobreactivación constante que desregula el sistema neuroendocrino, produciendo altos niveles de hormonas como el cortisol, que en adultas han demostrado afectar a diferentes áreas cerebrales relacionadas con la memoria, por ejemplo (Inslicht et al., 2006; Johnson et al., 2008; Pico-Alfonso et al., 2004). Además, también pueden presentar dificultades en los hábitos alimenticios y del dormir.

Por tanto, es innegable que las hijas e hijos de mujeres víctimas de violencia de género también lo son, siendo necesario ofrecer servicios psicológicos especializados también para ellos y ellas.

Todas las áreas que se ven afectadas durante el crecimiento de las y los menores tras vivir situaciones de violencia machista en sus casas, pueden verse agravadas cuando el agresor decide poner fin a la vida de la mujer, en presencia o no de los hijos e hijas.