¿Cómo inicia y evoluciona la violencia de género en parejas adolescentes?

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febrero 26, 2020 by

¿Cómo inicia y evoluciona la violencia de género en parejas adolescentes?

En los inicios y posterior evolución de la violencia de género, las conductas de control, aislamiento y/o desvalorización, parecen ser claves. Esto hace que los datos ofrecidos sobre la prevalencia y normalización de conductas de abuso psicológico en población joven y adolescente resulten todavía más preocupantes (Luzón et al., 2011; Povedano, 2014). Algunas expertas y expertos suelen apuntar a las conductas de control como las primeras en aparecer (Baker y Carreño, 2016; Helm, Baker, Berlin y Kimura, 2017; Luzón et al., 2011; Rodríguez, 2010), quizás por su mayor facilidad para ser camufladas como expresiones de amor (Williams, 2012; Cantera et al., 2009). Pero en términos generales, las conductas de control, aislamiento y/o desvalorización son consideradas indicios de alerta de futura violencia de mayor intensidad (Corsi y Ferreira, 1998; González y Santana, 2001; Luzón et al., 2011; Povedano, 2014; Sebastián et al., 2010). De hecho, según Povedano (2014), en los comienzos de una relación se emplean 3 estrategias básicas: control, aislamiento y desvalorización. Por tanto, en términos preventivos, las conductas para poner en práctica estas estrategias parecen de especial relevancia, si tenemos en cuenta el patrón de la escalera de la violencia. En este patrón se sitúan al principio de dicha escalera, aunque esto no significa que no puedan estar presentes a lo largo de toda la relación. El maltratador ha de crear una serie de condiciones en la relación, que hagan que la chica se adentre por si sola en el proceso de la violencia y logre el control y dominio deseado (Povedano, 2014); “Preparar el terreno” con conductas normalizadas y toleradas facilita la consecución del objetivo.

Además de ser las que mayor probabilidad tienen de aparecer en el principio de las relaciones, las conductas de control, aislamiento y desvalorización han sido identificadas como especialmente dañinas para la salud mental y física de las mujeres (Bell, Cattaneo, Goodman y Dutton, 2008). Cabe esperar un impacto similar en las chicas adolescentes. Esto implicaría que las consecuencias del empleo de este tipo de conductas disminuirían los recursos psicológicos de las chicas, facilitando su control y dominio por parte del agresor, además del empleo de otras conductas agresivas.

La relevancia de este tipo de conductas ha hecho que la DGVG, dependiente del MSSSI lanzara, en 2014, diversas campañas de concienciación dirigidas exclusivamente a población adolescente. Las conductas diana de estas campañas fueron, “si tu chico te controla el móvil, cuéntalo”, “si tu chico te aísla de tus amistades, cuéntalo”, “si tu chico te ridiculiza, cuéntalo” y “si tu chico te hace sentir miedo, cuéntalo” (DGVG, 2014). Un año después, se lanzó otra campaña en la que, de nuevo, se alertaba de señales de alarma como querer saber siempre dónde está, ser celoso o decidir por la chica. El objetivo general de estas campañas era concienciar sobre las primeras señales de maltrato en las parejas adolescentes. Sin embargo, de acuerdo con la literatura científica, los primeros indicios no suelen ser así de explícitos. Son varias las investigadoras e investigadores que describen como la violencia, generalmente, se establece de forma gradual en las relaciones, evolucionando en intensidad con el tiempo (González-Ortega et al., 2008; Hernando, 2007; Luzón et al., 2011; Martínez et al., 2008; González y Santana, 2001; Povedano, 2014; Sebastián et al., 2010; Walker, 1979).

La violencia suele comenzar en forma de conductas violentas de baja intensidad que progresivamente irán en aumento (Luzón et al., 2011; Povedano, 2014; Sebastián et al., 2010). Estas primeras conductas abusivas son sutiles, y se acompañan de pretextos relacionados con el amor romántico, conductas afectivas, bromas o juegos que dificultan su identificación e interpretación correcta y desorientan a la víctima, favoreciendo así su permanencia en la relación (Barnett, Miller-Perrin y Perrin, 1997; González-Ortega et al., 2008; Luzón et al., 2011; Sebastián et al., 2010; Stith, Jester y Bird, 1992). En mujeres adultas, se ha visto que poco a poco, de una manera casi indiscernible, estas conductas de baja intensidad, dirigidas a debilitarlas y favorecer la desigualdad en la relación, perfilan el camino hacia la sumisión y aceptación de formas más intensas de abuso, que serán empleadas por el agresor siempre que necesite restaurar el control sobre la víctima (Dobash y Dobash, 1979; Kimmel, 2002). También se ha observado en mujeres adultas que la variedad e intensidad de las conductas abusivas empleadas por el maltratador dependerá en gran medida de la eficacia (en el control de la pareja) que vaya logrando con ellas (Kelly y Johnson, 2008; Stark, 2007).

En términos preventivos, por tanto, estas conductas violentas de baja intensidad son clave. Cabe recordar que la OMS (2010) hizo hincapié en que la prevención primaria ha de centrarse en los factores que aumentan la probabilidad de que se produzcan las primeras situaciones de violencia. Es en los comienzos de una relación cuando se tienen mayores posibilidades de salir de ella, antes de que aparezcan formas más complicadas de maltrato que dificulten la salida (Amor, Echeburúa, de Corral, Zubizarreta y Sarasua, 2002; Fontanil et al., 2002; González-Ortega et al., 2008; Hernando, 2007; Rodríguez, Sánchez y Alonso, 2006). En este sentido, es poco probable que en dicha fase de la relación, los celos o las conductas de control y desvalorización, aparezcan tal y como se muestra en las campañas o guías de prevención. Pero también cabe plantearse si cualquier conducta de control, aislamiento o desvalorización puede adoptar la forma de conductas violentas de baja intensidad, o, incluso, si las conductas de amenaza o presión sexual pueden adoptar formas sutiles. En la literatura revisada únicamente hemos encontrado un estudio de Nardi, Pastor, López y Ferrer (2017) en el que se pretendía evaluar esta problemática en concreto. Por tanto, resulta de suma importancia identificar qué señales de alarma de violencia psicológica pueden ser consideradas como conductas violentas de baja intensidad, es decir, adoptar formas sutiles y menos evidentes, para prevenir la violencia de género en adolescentes desde sus inicios.

Imagen de Random Institute recuperada de Unsplash.

 

REFERENCIAS

Amor, P. J., Echeburúa, E., Corral, P., Zubizarreta, I. y Sarasua, B. (2002). Repercusiones psicopatológicas de la violencia doméstica en la mujer en función de las circunstancias del maltrato. Revista Internacional de Psicología Clínica y de la Salud, 2, 227-246.

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Barnett, O. W., Miller-Perrin, C. L. y Perrin, R. D. (1997). Family violence across the lifespan: An introduction. London: Sage.

Bell, M. E., Cattaneo, L. B., Goodman, L. A. y Dutton (2008). Assessing the Risk of Future Psychological Abuse: Predicting the Accuracy of Battered Women´s Predictions. Journal of Family Violence, 23, 69-80. doi: 10.1007/s10896-007-9128-5

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Corsi, J. y Ferreira, G. (1998). Manual de capacitación y recursos para la prevención de la violencia familiar. Buenos Aires: Asociación Argentina de Prevención de la Violencia Familiar

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